viernes, 11 de noviembre de 2016

El mundo no nos pertenece, nosotros pertenecemos al mundo.

Me encanta viajar. Me gusta ir a una ciudad nueva, visitarla, verla en su contexto natural, conocer mundo y a la vez comprender que no me pertenece. Por ejemplo, puedo ir a Madrid, ver sus calles, su ambiente, sus monumentos... pero sé que sólo estoy allí de paso, que sólo tengo derecho a estar unos días, que luego volveré como empujada por fuerzas magnéticas a mis obligaciones.

Pues bien, por esto mismo, hace unos meses estaba deseando venir a vivir a Málaga. Es una ciudad que me encanta, y pensaba que cuando tuviera una habitación aquí, cuando tuviera derecho propio a unos pocos metros cuadrados de su suelo, podría decir que Málaga era mía, que la sentiría como propia, y sabría que también tendría derecho sobre ella. Pero conforme van pasando los días, me doy cuenta de que es todo lo contrario. Málaga no me pertenece, sino que yo voy perteneciendo y dependiendo poco a poco de ella. Me he dado cuenta de esto al comprender que ella puede modificarme mucho más a mi de lo que yo puedo modificarla a ella.

Esto se puede ejemplificar muy fácilmente. Yo puedo escribir mi nombre en la playa, y modificar, alterar, durante unos segundos su consistencia. Pero no lograría mantener esta alteración más que eso, unos segundos. Pronto llegaría una ola y borraría mi nombre.
Igualmente, puedo ser un poco traviesa y hacer un grafiti en una pared. Pero igualmente, el tiempo lo terminaría borrando, y de cualquier forma mi nombre en esta ciudad sería temporal. En definitiva, mi presencia no va alterar a la ciudad, sin embargo ella puede hacer cambios en mí mucho más profundos.

Yo soy consciente de que mi desarrollo como persona no sería lo mismo en mi pueblo que aquí. La ciudad me obliga mucho más a adaptarme a ella, a comprender las normas que hay implícitas (y las explícitas por supuesto). Málaga me obliga a comprenderla, a aceptarla, a conocerla. Sí, conocer su anatomía: sus calles, su clima, sus eventos, su forma de afectarme. Desde que estoy aquí, sinceramente he ido pocas veces a la playa. Pero el hecho de ir una sola vez, te afecta enormemente. Quedarte reflexionando mirando el agua, su inmensidad, su enorme naturaleza. Creo que, al igual que una persona, esta ciudad expresa su estado de ánimo a través de un mar tranquilo y relajante, o el mismo mar alterado y de olas impetuosas. Es entonces cuando te das cuenta de que no puedes hacer nada frente a tan maravillosa obra de la naturaleza, nada de lo que hagas podrá afectarla lo más mínimo, sin embargo el sonido de las olas, la visión de las estelas, las gaviotas, la tranquilidad, el clima... todos estos factores te marcan de alguna forma y creo que estos cambios en nuestra persona son permanentes en el tiempo.

Por todo esto, hoy soy consciente de que el ser humano pretende controlar el mundo, modificar todo lo que tiene delante, pero no nos damos cuenta de que el mundo no nos pertenece, nosotros pertenecemos al mundo, y este juega con nosotros a su antojo. Nuestro paso por la vida es transitorio, y por ello debemos saber apreciarla y degustarla en su estado natural, con todo lo que tiene que ofrecernos.


martes, 18 de octubre de 2016

Un mes en Málaga.

Hoy llevo ya un mes en Málaga. Puede parecer poco, puede parecer mucho. La verdad es que para mí lo importante no es el tiempo en sí, sino la intensidad de las experiencias vividas. Por ello, siento que en este mes he aprendido y crecido mucho más que lo que he podido hacerlo en periodos más largos de tiempo. 

Sí, hace apenas un mes, pero parece que fue en otra vida cuando llegué el primer día aquí y durante un rato me sentí tan sola que pensé que no aguantaría ni una semana. Desde entonces he conocido a muchas personas maravillosas, gracias a las cuales mi estancia aquí se ha hecho mucho más llevadera. Aún no soy una experta en la vida en la capital, pero he aprendido muchas cosas, desde tonterías como que hay que levantar la mano para que se pare el autobús, a cosas como asignarme un médico, usar el metro, etc. Por supuesto, también he aprendido mucho en la universidad, al fin y al cabo es el motivo de que esté aquí. 
Sí, he aprendido cosas como lo que es un TAC, un electroencefalograma, las partes de una neurona, el concepto de conducta, etc, que son cosas interesantes y muy típicas de psicología, pero también cómo todas las personas seguimos patrones de comportamiento. Sin embargo, más allá de la universidad, me estoy conociendo mucho más a mi misma como persona independiente.

Todo eso y mucho más en tan sólo un mes. Por eso tengo muchas ganas de seguir viviendo esta experiencia que me está resultando tan enriquecedora, y hoy por fin puedo estar segura de que todo el esfuerzo hecho hasta ahora (todas las tardes encerrada en casa estudiando, para exámenes de la ESO, bachillerato y selectividad, todos los agobios e incluso lágrimas) han merecido la pena. Hoy estoy orgullosa de mi misma y de dónde he llegado, pero siempre se puede llegar más lejos, siempre estamos en proceso de construcción.

jueves, 4 de febrero de 2016

Mentiras.

Cuántas veces te eché en cara tus mentiras. Cuántas veces lloré hasta el amanecer, intentando luchar contra la única arma invisible, que es el engaño. Un arma que no ves venir, un arma de la que no puedes huir ni defenderte, porque cuando descubres que existe ya no es mentira, sino verdad, pero el daño queda en ti.
 
Un arma de cobardes, o de héroes que prefieren apuñalar por la espalda pero mirándote de frente para verte sufrir. Porque mientras me miras sonriendo y me dices lo guapa que estoy, me estás hiriendo con mentiras que descubriré más tarde.

¿Por qué? Si cuanto más juras y prometes que eres sincero, más honda clavas la espada de la mentira, pues luego dolerá mucho más haber confiado en ti.
 
¡Já! La confianza, el peor escudo de la historia. Ese escudo que algunas personas traemos innato y que tantas veces nos traiciona a la hora de la verdad. Un escudo fácilmente penetrable, al igual que mi estómago… Pobre estómago, que has sentido más veces el dolor de una espada que el aleteo de las mariposas.

Y sin embargo soy igual que tú. Tantas veces te eché en cara tus mentiras, que terminé olvidando el motivo de mi rencor. Sólo quería dañarte, ver algún signo de arrepentimiento por tu parte. O mejor, sufrimiento. Ver las lágrimas bañar tu rostro, borrar esa sonrisa que tanto me enamoró y que más tarde luché por olvidar.

Te mentí tantas veces queriendo sentir el poder de la mentira, que terminó gustándome. Mentí por gusto, mentí por costumbre y mentí por dañar. Las mentiras me daban la seguridad de que yo tenía el arma, y la otra persona sólo su estúpido escudo de la confianza. Ese escudo que yo ya no necesitaba, pues aprendí que la mejor forma de evitar el daño era causarlo.

No soy igual que tú, soy peor.

Tú mentiste por evitar hacerme daño. Yo mentí para hacértelo.

domingo, 24 de enero de 2016

¿Dificil?

¿Difícil? Difícil es olvidar recuerdos que me hacían soñar, la ilusión que sentía al ver tus pies caminar junto a los míos, olvidar cada beso, cada roce que me erizaba la piel. Tus dedos recorriendo mi espalda, mis dedos recorriendo la tuya, como arañas enredándose entre los pelos de tu pecho. Olvidar tus suspiros, tu boca entreabierta y mis ojos entrecerrados.

Difícil es renunciar a todos nuestros sueños. Renunciar a vivir juntos, a despertar cada día entre tus brazos. Desnudos. Renunciar a las tardes de domingo abrazados en el sofá. Ver una película de miedo sólo como excusa para sentirme protegida en tu pecho.

Difícil es olvidar lo segura que me sentía al caminar de tu mano. Lo orgullosa que me sentía de ti, de tus metas y logros. Compartir tus alegrías, y también tus penas.

Es difícil darse cuenta de que todo lo que soñaste ya no podrá ser nunca. Tan difícil que vuelvo a caer una y otra vez en tus brazos, incapaz de decirte adiós por última vez, incapaz de olvidarte del todo.

El problema es que, al igual que mis uñas se abrían paso entre la carne de tu espalda, tus mentiras se abrieron paso en mi corazón, se clavaron como cuchillos, desde la espalda hasta el pecho, y vi su punta afilada atravesando mi piel desnuda, indefensa. Culpable por haber confiado en ti. 

Estas heridas no pueden cicatrizar cariño, lo siento. Lo intenté mil veces, de mil maneras. Intenté engañarme a mí misma, a mi corazón. Intenté quererte incondicionalmente, pero no puedo evitar guardarte rencor. No puedo evitar recordar tus mentiras y sentir pena de la yo del pasado, esa niña inocente que fui y lo mucho que te quise, ajena al daño que estabas a punto de causarme. 

No puedo evitar culparte por consentir que sus dedos caminaran por tu piel antes que los míos, por acariciar su cuerpo antes que el mío. Lo siento. Lo he intentado. Pero el dolor no me deja ser feliz, no me permite darte lo mejor de mí, y te mereces más que eso. Y yo también.

Por eso te pido que me dejes olvidarte, que tus brazos no actúen como salvavidas cuando esté ahogándome en el dolor del recuerdo. Porque tengo que pasar por esto, tengo que caer del todo para poder levantarme. Debo superarte, por tu bien. Por el mío.

¿Difícil? Difícil es pedirte que me abandones, que no me dejes volver a ti, que no me dejes caer de nuevo. Por tu bien. Por el mío.