jueves, 4 de febrero de 2016

Mentiras.

Cuántas veces te eché en cara tus mentiras. Cuántas veces lloré hasta el amanecer, intentando luchar contra la única arma invisible, que es el engaño. Un arma que no ves venir, un arma de la que no puedes huir ni defenderte, porque cuando descubres que existe ya no es mentira, sino verdad, pero el daño queda en ti.
 
Un arma de cobardes, o de héroes que prefieren apuñalar por la espalda pero mirándote de frente para verte sufrir. Porque mientras me miras sonriendo y me dices lo guapa que estoy, me estás hiriendo con mentiras que descubriré más tarde.

¿Por qué? Si cuanto más juras y prometes que eres sincero, más honda clavas la espada de la mentira, pues luego dolerá mucho más haber confiado en ti.
 
¡Já! La confianza, el peor escudo de la historia. Ese escudo que algunas personas traemos innato y que tantas veces nos traiciona a la hora de la verdad. Un escudo fácilmente penetrable, al igual que mi estómago… Pobre estómago, que has sentido más veces el dolor de una espada que el aleteo de las mariposas.

Y sin embargo soy igual que tú. Tantas veces te eché en cara tus mentiras, que terminé olvidando el motivo de mi rencor. Sólo quería dañarte, ver algún signo de arrepentimiento por tu parte. O mejor, sufrimiento. Ver las lágrimas bañar tu rostro, borrar esa sonrisa que tanto me enamoró y que más tarde luché por olvidar.

Te mentí tantas veces queriendo sentir el poder de la mentira, que terminó gustándome. Mentí por gusto, mentí por costumbre y mentí por dañar. Las mentiras me daban la seguridad de que yo tenía el arma, y la otra persona sólo su estúpido escudo de la confianza. Ese escudo que yo ya no necesitaba, pues aprendí que la mejor forma de evitar el daño era causarlo.

No soy igual que tú, soy peor.

Tú mentiste por evitar hacerme daño. Yo mentí para hacértelo.