viernes, 14 de julio de 2017

Ni siquiera éramos buenos amigos.

Me di cuenta de que nuestra relación no funcionaba justo después de la ruptura, cuando comprobé, asombrada, que no era mi mejor amigo. Ni siquiera éramos buenos amigos. Ya no teníamos nada en común, nada que realmente doliera perder, pues lo único que nos unía era que a ambos nos gustaba ir al cine y al Mcdonals los fines de semana. Básicamente lo que le gusta a todo el mundo. Pero apenas teníamos confianza, más que la superficial. La que se gana con el tiempo, pero no realmente la que se gana con la sinceridad. 

Lo sabíamos desde el primer momento, que no éramos compatibles, no tendríamos un futuro juntos.
Pero era tan cómodo. La falsa sensación de que había alguien esperándote, que se preocupaba por tí, con la que hablabas tres veces al día. Se convirtió en mi costumbre, y sabía que no estaba bien, en el fondo me dolía. Pero dicen que el hombre es un animal de costumbres, y me acostumbré a aceptar esa falsa relación,  me acostumbré a tener a alguien al otro lado de la línea de teléfono y contarle cada noche lo que había sido de mi día y luego, al preguntar qué había hecho él, que me dijera "lo mismo de siempre". Me acostumbré a repetir cada día esa frase de: "¿Alguna pregunta o sugerencia?" seguida de un "Nada" por su parte, justo antes de la despedida. 

Era también cómoda la sensación de tener algo que me ataba a mi pueblo, para volver cada fin de semana en lugar de enfrentarme a la soledad de mi piso en la capital. Pasar horas en autobús, para luego poder vernos sólo un par de ratos por la noche, con prisas porque él tenía que madrugar. Pero qué bonito era dormir a su lado, sentir su brazo protector rodear mi cintura. 

Sin embargo, no puedo dejarme llevar por recuerdos vanos. La realidad es que cuando cuando estábamos juntos sabía perfectamente que no era lo mejor que me había pasado en la vida. Era una mentira hacia mí misma, me había conformado, me había refugiado en él, como me podía haber refujiado en cualquiera. Como una lapa que se pega a una roca porque es la que toca, no porque sea especial. 

Aún así no me arrepiento de cada momento vivido. Me quedo con los buenos ratos y, al menos, me ha servido para saber lo que no quiero más en mi vida.

1 comentario:

  1. La rutina es algo que nos absorve mas que cualquier cosa.

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